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“Y sin embargo, ¡necesitaba libros!” (Una predicación de Spurgeon)

Honestamente, parece que a veces pensamos que hay versículos de más en la Biblia. Digo, ¿para qué los saludos personales de Pablo, las genealogías y aquellos otros detalles que (a nuestra primera vista) parece que no aportan nada al texto? Al abrir la Escritura, necesitamos recordarnos constantemente que TODA ella es inspirada y útil (2 Timoteo 3:16). No debemos pasar por alto ni un pequeño fragmento.

De uno de esos versículos, que parecen no decir nada importante, el “príncipe de los predicadores” habló en Londres, el 29 de noviembre del año 1863.

“Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos.”

2 Timoteo 4:13

Hay algunos pensamientos muy interesantes que Spurgeon desarrolló a partir del texto, y les comparto un fragmento de la predicación acá abajo. Pueden leerla completa dando click aquí.

Echaremos una MIRADA A SUS LIBROS. No sabemos qué tipo de libros eran, y sólo podemos elaborar conjeturas en cuanto a qué clase de pergaminos eran. A Pablo le quedaban unos cuantos libros, tal vez envueltos en el capote, y Timoteo había de tener el cuidado de llevárselos.

Incluso un apóstol debe leer. Algunos de nuestros hermanos ultra calvinistas piensan que un ministro que lee libros y estudia su sermón ha de ser un muy deplorable espécimen de predicador. Un hombre que sube al púlpito, y profesa que improvisa su texto, y habla cualquier cantidad de tonterías, es el ídolo de muchos. Si habla sin premeditación, o pretende hacerlo, y no presenta nunca lo que llaman un plato de sesos de hombres muertos, ¡oh, ese es un predicador!

¡Cuán censurados son por el apóstol! ¡Él es inspirado, y sin embargo, necesita libros! ¡Ha estado predicando al menos por treinta años, y, sin embargo, necesita libros! ¡Tenía una experiencia más vasta que la mayoría de los hombres, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Había sido arrebatado al tercer cielo, y había oído palabras inefables que no le es dado al hombre expresar, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Pablo había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y, sin embargo, necesitaba libros!

El apóstol le dice a Timoteo y así le dice a todo predicador: “Ocúpate en la lectura.” El hombre que nunca lee no será leído nunca; el que nunca cita no será citado nunca. El que no quiere usar los pensamientos de los cerebros de otros hombres, demuestra que no tiene un cerebro propio.

Lo que es válido en cuanto a los ministros se aplica a todo nuestro pueblo. Ustedes necesitan leer. Renuncien todo lo que quieran a la literatura ligera, pero estudien todo lo que sea posible las sanas obras teológicas, especialmente a los escritores puritanos, y exposiciones de la Biblia. Estamos muy persuadidos que la mejor manera de ocupar su tiempo libre, es ya sea leer u orar. Podrían obtener mucha instrucción de los libros que después podrían usar como una verdadera arma en el servicio de su Dios y Señor. Pablo clama: “Trae los libros.” Únanse a ese clamor.

Nuestra segunda observación es que el apóstol no se avergüenza de confesar que él en verdad lee. Está escribiendo a su joven hijo Timoteo. Ahora, a algunos viejos predicadores no les gusta decir algo que permita que los jóvenes conozcan sus secretos. Ellos suponen que deben asumir un aire muy dignificado, y hacer un misterio de su predicación; pero todo esto es ajeno al espíritu de veracidad. Pablo necesita libros, y no se avergüenza de decirle a Timoteo que los necesita; y Timoteo puede ir y decirle a Tíquico y a Tito si quisiera; a Pablo no le importa.

Pablo es aquí un retrato de diligencia. Él se encuentra en prisión; no puede predicar: ¿qué hará? Como no puede predicar, entonces se dedicará a leer. Es lo mismo que leemos de los antiguos pescadores y sus botes. Los pescadores habían abandonado los botes. ¿Qué estaban haciendo? Estaban remendando sus redes. Entonces, si la providencia te ha puesto sobre un lecho de enfermo, y no puedes dar tu clase; si no puedes estar trabajando para Dios en público, remienda tus redes por medio de la lectura. Si una ocupación te es quitada, escoge otra, y que los libros del apóstol te den una lección de diligencia.

Pablo dice: “mayormente los pergaminos.” Yo pienso que los libros eran especialmente obras latinas y griegas, pero que los pergaminos eran orientales; y posiblemente eran los pergaminos de la Santa Escritura; o con la misma probabilidad, eran sus propios pergaminos, en los que estaban escritos los originales de sus cartas que están en nuestra Biblia como las Epístolas a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, etcétera.

Ahora, debe ser “mayormente los pergaminos” con toda nuestra lectura; que sea mayormente la Biblia. ¿No le das ningún peso a este consejo? Este consejo es más necesario ahora en Inglaterra que casi en cualquier otro tiempo, pues el número de personas que lee la Biblia, yo creo, se está reduciendo cada día. Las personas leen los puntos de vista de sus denominaciones según son expresados en las publicaciones periódicas; leen los puntos de vista de su líder conforme son expresados en sus sermones o en sus obras, pero el Libro, el viejo y buen Libro, el divino manantial del que brota toda la revelación, es demasiado frecuentemente abandonado. Ustedes pueden acudir a charcos humanos, hasta abandonar el arroyo claro como el cristal que fluye del trono de Dios.

Lean los libros, por todos los medios posibles, pero mayormente los pergaminos. Escudriñen la literatura humana, si quieren, pero mayormente permanezcan firmes guiados por ese Libro que es infalible, la revelación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Inspirador, ¿no? ¡Vámonos a leer!

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